FELICIDAD

En un libro de Religión de Bachillerato, en mi lejana juventud, recuerdo haber leído las razones filosóficas que la Iglesia da para considerar pecado el robo. De una de ellas me acuerdo aún: las cosas claman por sus dueños. O sea, las cosas inanimadas, los objetos, según la moral católica, echan de menos a sus propietarios y claman por volver con ellos como si fueran animales de compañía.

En estas fotografías de Raquel Benito se oye el murmullo inaudible pero imaginable de todos esos objetos (muebles, adornos, cubertería, cacharros, puertas, ventanas, las habitaciones mismas) que se quedaron huérfanos y sin dueños cuando éstos se fueron de la casa que compartieron con ellos durante mucho tiempo. La casa es la de los abuelos maternos de la fotógrafa, campesinos riojanos, y ello añade a su mirada una luz más, la de la nostalgia propia, que define esa primera imagen que uno imagina hecha al abrir la puerta exterior y que supone toda una salutación irónica: FELICIDAD.

Irónica y no tanto, puesto que lo que las fotografías muestran es la huella de una vida, el polvo de una felicidad humilde que se resume en pocos objetos – porque tampoco se necesitaban más – que continúan fieles a sus dueños, clamando por su regreso como animales de compañía que se quedaron huérfanos a su muerte, incapaces de abandonar el refugio en el que fueron felices junto a sus dueños.

Está también el rastro etnográfico (los calendarios, las cartas, los souvenirs trasnochados, las imágenes religiosas…), pero ese importa ya menos. La importancia de estas fotografías está en su misma sencillez, en la emoción que despiden, en su composición y su ruido íntimo, ese clamor que escuchamos sin saber de dónde proviene. En la felicidad, en fin, que hacen que sintamos, sin que sepamos por qué, mientras las contemplamos.

La felicidad de la vida ajena.

Julio Llamazares